Cuando faltaban menos de cinco minutos para despegar, la cuenta regresiva se detuvo: una ligera llovizna bastó para frenar el lanzamiento del cohete New Glenn, de Blue Origin, que debía llevar a bordo la misión Escapade de la NASA, rumbo a Marte.
El lanzamiento, programado desde Florida, fue cancelado por la presencia de nubes cúmulos, consideradas un riesgo para el despegue. Aunque parezca un simple obstáculo climático, detener una misión de este tipo implica una decisión meticulosa: incluso una mínima alteración atmosférica puede poner en peligro años de trabajo científico y miles de millones de dólares.
La misión Escapade (Escape and Plasma Acceleration and Dynamics Explorers) tiene como objetivo estudiar cómo el viento solar interactúa con el campo magnético de Marte, un fenómeno clave para entender por qué el planeta rojo perdió gran parte de su atmósfera hace millones de años.
El proyecto enviará dos satélites gemelos, llamados Blue y Gold, que viajarán juntos hacia Marte y, una vez en órbita, se separarán para observar el planeta desde distintos puntos. Cada uno recolectará datos sobre las partículas cargadas que rodean la atmósfera marciana y cómo el viento solar las afecta.
El cohete New Glenn, con una altura de 98 metros, es el orgullo de la empresa de Jeff Bezos, y su colaboración con la NASA marca un nuevo capítulo en la alianza entre el sector público y la industria espacial privada.
A pesar del contratiempo, la NASA confirmó que la misión no se suspende, sino que será reprogramada tan pronto como las condiciones meteorológicas lo permitan. Los satélites llegarían a Marte en 2027, y serán operados desde el centro de control de la Universidad de California en Berkeley, que por primera vez lidera una misión de la agencia espacial estadounidense.
Aunque el aplazamiento frustró a los fanáticos del espacio, también recordó una lección esencial de la exploración espacial: en el universo, la paciencia es parte del viaje.










