Durante mucho tiempo se ha contado que la carne fue una pieza fundamental para que el cerebro humano aumentara de tamaño. Y sí, las proteínas de origen animal pudieron aportar nutrientes importantes, pero una nueva revisión científica pone sobre la mesa otro ingrediente que quizá ha recibido menos atención: los azúcares naturales de la fruta y la miel.
Un análisis publicado en la revista Science plantea que nuestros antepasados pudieron obtener buena parte de la glucosa necesaria para alimentar un cerebro cada vez más grande a través de alimentos naturalmente dulces.
Un cerebro grande necesita mucha energía
El cerebro humano, que en un adulto pesa alrededor de 1.5 kilos, es uno de los órganos que más energía requiere para funcionar. Durante la evolución, conforme aumentó su tamaño y complejidad, también creció la necesidad de contar con una fuente constante de combustible.
Ahí entra la glucosa.
El problema es que la carne contiene muy pocos carbohidratos, por lo que los antepasados humanos necesitaban obtener esa energía de otras fuentes. Actualmente pensamos en cereales, tubérculos, frutas y productos procesados, pero muchas de estas opciones no estaban disponibles de la misma manera en la prehistoria.
Además, buena parte del desarrollo cerebral ocurrió antes de que los homínidos dominaran el fuego, algo fundamental para aprovechar mejor los almidones presentes en muchas plantas.
La fruta pudo ser el combustible
De acuerdo con la revisión, las frutas y posiblemente la miel pudieron proporcionar cantidades importantes de azúcares naturales.
La hipótesis coincide con investigaciones anteriores. Un estudio publicado en 2017 encontró una relación entre el tamaño del cerebro y el consumo de fruta en primates: las especies que comen principalmente fruta tienden a presentar cerebros más grandes que aquellas con dietas exclusivamente herbívoras.
Pero no solamente se trata de comer fruta.
Encontrarla también requería habilidades cognitivas. Nuestros antepasados tenían que recordar dónde estaban determinados árboles, cuándo comenzaban a producir frutos y cuál era el mejor momento para recolectarlos.
En otras palabras, conseguir el alimento también podía convertirse en un ejercicio para el cerebro.
Los dientes cuentan otra parte de la historia
Una de las pistas más curiosas está en los dientes.
Investigadores han encontrado indicios de caries en primates fósiles y en algunos de los primeros homínidos, incluido Homo erectus. Este tipo de daño dental puede relacionarse con bacterias que prosperan ante el consumo frecuente de alimentos ricos en azúcares.
La evidencia dental se suma a otros indicios encontrados en nuestros cuerpos, como características de la dentadura, receptores para detectar sabores dulces y adaptaciones genéticas relacionadas con el metabolismo de la glucosa.
Todo esto apunta a que los carbohidratos pudieron tener un papel mucho más importante en nuestra historia evolutiva de lo que tradicionalmente se ha pensado.
¿Qué comían nuestros antepasados?
Las evidencias indican que hace aproximadamente cuatro millones de años algunos primates tenían una alimentación parecida a la de los chimpancés actuales.
Su dieta era principalmente vegetariana y más de dos terceras partes de su energía probablemente provenían de la fruta.
Con el paso del tiempo, nuestros antepasados continuaron dependiendo de estos alimentos mientras sus cerebros evolucionaban y aumentaban de tamaño.
Esto no significa que la carne no haya sido importante. La evolución humana probablemente estuvo marcada por una combinación de alimentos y cambios en el entorno. Sin embargo, la nueva revisión sugiere que la fruta y otros alimentos ricos en azúcares naturales pudieron aportar el combustible necesario para sostener un cerebro cada vez más demandante.
Así que, detrás de uno de los órganos que nos convirtió en humanos, podría existir una historia mucho más dulce de lo que imaginábamos.
Cierre: Quizá la evolución humana no solo tuvo sabor a carne: también pudo tenerlo a fruta, miel y mucha energía para pensar.










