El pasado prehispánico de la Ciudad de México volvió a salir a la luz en uno de los puntos más concurridos del Centro: la Lagunilla. Bajo el asfalto y las construcciones actuales, especialistas recuperaron vestigios que podrían redefinir los límites reales de la antigua ciudad de Tlatelolco, uno de los asentamientos más importantes del mundo mexica.
Durante un salvamento arqueológico realizado en un predio cercano al Eje Central Lázaro Cárdenas, se documentaron restos de una unidad doméstica prehispánica con al menos tres entierros humanos, un fogón de piedra —conocido como tlecuil— y una amplia variedad de materiales cerámicos, líticos y simbólicos. Todo indica que el sitio fue habitado durante el periodo Posclásico Tardío, poco antes de la Conquista.
Lo que vuelve excepcional este hallazgo es que no se detectó el antiguo lecho lacustre. Esta ausencia sugiere que el área era tierra firme, un dato clave que permitiría trazar con mayor precisión los bordes del islote donde se asentaron comunidades tlatelolcas y mexicas. En términos simples: la historia urbana de esta zona podría reescribirse.
Las excavaciones revelaron al menos tres momentos de ocupación distintos. En el más reciente aparecieron los entierros: un infante acompañado por una ofrenda cerámica cuidadosamente elaborada, un neonato y un joven adolescente. La disposición de los cuerpos, la orientación y la cercanía a muros y estructuras domésticas apuntan a prácticas funerarias realizadas dentro del espacio habitacional.
El hallazgo del tlecuil refuerza esta interpretación. Este tipo de fogón era el corazón de la vivienda: ahí se cocinaba, se reunía la familia y se organizaba la vida cotidiana. Su presencia confirma que no se trata de un espacio ceremonial, sino de un hogar.
Además, los objetos recuperados —malacates, figurillas, sellos, obsidiana y cerámica fina— sugieren que la familia que habitó el lugar tenía una posición social estable, por encima de los estratos más bajos. No eran élites, pero tampoco vivían en condiciones precarias.
Otro dato relevante es la ausencia de restos coloniales, lo que indica que tras la caída de Tlatelolco esta zona no fue reocupada por los europeos, quienes se concentraron en lo que hoy es el Centro Histórico.
Cada capa excavada en la Lagunilla no solo aporta objetos, sino pistas sobre cómo se expandía la ciudad, cómo vivían sus habitantes y cómo el paisaje urbano actual sigue descansando —literalmente— sobre siglos de historia aún por descubrir.










