Si naciste entre los 80 y los 90, seguramente creciste con cintas VHS, comedias románticas, telenovelas y películas de Disney que te enseñaban algo muy claro: después del sacrificio, siempre llegaba un final feliz.
Un estudio de Harvard y las investigaciones del profesor Tal Ben-Shahar, referente mundial en psicología positiva, revelan que esta generación comparte lo que él llama la “Falacia de la Llegada”: la idea de que la felicidad es un destino fijo que llega solo después de alcanzar metas como terminar la carrera, conseguir un buen trabajo o formar una familia.
El problema, explica Ben-Shahar, es que cuando logramos esas metas, la rutina vuelve y la felicidad no dura tanto como imaginábamos. Este fenómeno, conocido como adaptación hedónica, demuestra que nos acostumbramos rápido a lo bueno, y muchas veces disfrutamos más el camino que la meta en sí.
Hoy, las generaciones más jóvenes parecen tenerlo más claro: la felicidad no es un destino, sino un proceso. Valorar el aprendizaje, la experiencia y los momentos cotidianos es la clave para no caer en la trampa del “final feliz permanente”.










