Cada 9 de agosto se conmemora el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, una fecha que busca reconocer la diversidad, sabiduría y resistencia de los pueblos originarios en todo el mundo. México, con su inmenso patrimonio cultural, destaca como uno de los países con mayor diversidad lingüística en el planeta.
Actualmente, se reconocen 68 lenguas indígenas nacionales en el país, distribuidas en 11 familias lingüísticas y habladas por más de 7.4 millones de personas, lo que representa el 6.1 % de la población mexicana. Este dato coloca a México como el segundo país con más diversidad lingüística en América Latina, solo por debajo de Brasil.
Estas 68 lenguas no son solo palabras; son sistemas completos que reflejan formas de entender el mundo, transmitir conocimientos, contar historias, practicar rituales y vivir en comunidad. Cada una está relacionada con un pueblo indígena y puede tener diversas variantes lingüísticas que enriquecen aún más el panorama.
Las lenguas indígenas más habladas en el país son el náhuatl, maya, tseltal y tsotsil, que en conjunto representan casi la mitad del total de hablantes. Sin embargo, también existen lenguas con muy pocos hablantes que hoy se encuentran en riesgo de desaparecer, como el ayapaneco, el mocho’, el awakateko, el zapoteco de Mixtepec y el ku’ahl, entre muchas otras.
La mayoría de los hablantes se concentra en Oaxaca, Chiapas, Yucatán, Guerrero, Hidalgo, Puebla, Veracruz, Campeche, Quintana Roo y San Luis Potosí. En estas regiones, las lenguas indígenas no son cosa del pasado, sino parte activa del presente.
Hablar, enseñar y preservar una lengua indígena es una forma de resistencia. Muchas de ellas han sobrevivido a siglos de discriminación, marginación y políticas de silenciamiento. Hoy, el reto es fortalecer su uso cotidiano, crear materiales educativos, promoverlas en medios digitales y garantizar el derecho a hablarlas con orgullo.
La diversidad lingüística mexicana no es solo un dato estadístico. Es una riqueza viva que debemos proteger, visibilizar y celebrar. Porque cuando una lengua se extingue, se pierde también una manera única de ver el mundo.










