Un pequeño perro de cara chata, enterrado hace más de 2 mil años en una tumba romana en Turquía, podría cambiar lo que sabemos sobre el origen de las razas braquicéfalas. El hallazgo, documentado por investigadores y difundido por National Geographic, confirma que los humanos ya seleccionaban perros con rasgos específicos mucho antes de lo que se pensaba.
Los restos fueron encontrados en la antigua necrópolis de Tralleis, cerca de la actual ciudad de Aydın. El análisis del cráneo reveló que el animal tenía un hocico corto muy marcado y un tamaño similar al de un pequinés moderno, algo poco común para la época.
Lo más llamativo es el contexto: el perro fue enterrado junto a un humano adulto, con la cabeza orientada hacia el este, exactamente igual que su dueño. Además, no presentaba señales de trabajo físico ni desgaste dental, lo que sugiere que no era un perro de caza ni de vigilancia, sino una mascota querida, un perro faldero.
Especialistas señalan que este es apenas el segundo caso documentado de un perro romano con rasgos braquicéfalos, después de uno hallado en Pompeya. Aunque no hay representaciones artísticas de estos perros en la Roma antigua, la evidencia ósea apunta a una selección intencional.
Desde el punto de vista genético, los expertos advierten que no se puede asegurar que este perro sea antepasado directo de las razas actuales, pero sí demuestra que las mutaciones que provocan la cara plana son mucho más antiguas.
El hallazgo también abre una reflexión moderna: hoy, la cría extrema de perros braquicéfalos ha generado serios problemas de salud. Este descubrimiento recuerda que la relación entre humanos y perros siempre ha sido cercana, pero también plantea la responsabilidad de priorizar su bienestar.










