Durante décadas, el telar de cintura fue una práctica asociada casi exclusivamente a las mujeres dentro de las comunidades indígenas. Sin embargo, esa percepción está cambiando. En distintos puntos del país, cada vez más hombres se suman abiertamente a este arte ancestral, rompiendo estigmas de género y recuperando saberes que, en muchos casos, siempre estuvieron presentes, pero permanecían ocultos.
Juan de la Cruz López Gómez, artesano originario de la comunidad de Muctahuiz, en San Andrés Larráinzar, Chiapas, es uno de ellos. A sus 36 años, no duda en decir que teje faldas, camisas, rebozos, manteles y bufandas. Para él, el telar no es solo un medio de subsistencia, sino una forma de honrar sus raíces. Aprendió observando a las mujeres de su familia: su bisabuela, su abuela, su madre y sus hermanas, todas tejedoras. Lo que comenzó como una herencia silenciosa se convirtió en una pasión que ha acompañado su vida por más de 30 años.
Juan explica que muchos hombres ya tejían desde hace tiempo, pero lo hacían a escondidas, por miedo a la crítica social. La idea de que era “trabajo de mujeres” los obligaba a practicarlo en privado. Hoy, poco a poco, esa vergüenza se diluye. “Cualquier trabajo es digno. Vergüenza es robar”, afirma.
Su trayectoria lo ha llevado a escenarios impensables: sus piezas han sido exhibidas en pasarelas internacionales y en encuentros nacionales de arte textil. Uno de los momentos más significativos fue ver una falda hecha por él —tras 980 horas de trabajo colectivo— lucida en un evento oficial.
El telar de cintura, dice Juan, ya no es solo cosa de mujeres. Es un arte vivo que se transforma, se comparte y se libera de prejuicios.










