Desde su inauguración el pasado martes, una estatua colocada en la plaza del barrio El Relicario, en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, ha encendido la conversación en redes sociales, medios locales y hasta grupos comunitarios. La obra se llama Sueño en primavera y fue donada por la escultora Blanca Ricci Diestel, hermana de la alcaldesa Fabiola Ricci, quien encabezó la develación.
La pieza, que pretende ser un homenaje a las mujeres que cultivan y venden flores, ha sido apodada por la ciudadanía como “la mujer desnucada”, debido a la postura inclinada y poco convencional que representa el cuerpo femenino. Aunque la artista explicó que la escultura es un tributo a la dignidad, ternura y labor de las mujeres del campo, muchos habitantes han reaccionado con desconcierto, burlas y memes virales.
El detalle que más ha molestado es que para instalar Sueño en primavera, el gobierno municipal demolió la fuente de los Cantaritos, un elemento urbano con valor simbólico para el barrio, lo que generó aún más tensión. A pesar de que la escultura fue donada, el ayuntamiento gastó casi medio millón de pesos en la demolición e instalación de la nueva obra, lo que aumentó el descontento ciudadano.
Algunas críticas señalan que la estatua proyecta una imagen “avasallada”, con un lenguaje corporal que no enaltece a las mujeres, sino que podría interpretarse como sumisión o derrota. Otros argumentan que el contexto simbólico no se vincula directamente con San Cristóbal, sino con comunidades como Zinacantán, donde efectivamente muchas mujeres se dedican al cultivo y venta de flores.
Ante la ola de comentarios y la viralización del tema, se ha comenzado a proponer una consulta ciudadana para decidir si la escultura debe permanecer o ser retirada. En tanto, otros sectores defienden la obra como una expresión artística legítima que simplemente ha roto con lo esperado, generando una conversación necesaria sobre el arte público, la representación femenina y la apropiación del espacio.
La autora defendió su intención: “No es sólo materia y forma, sino vínculo. Es mi manera de fortalecer la conexión con la comunidad”. Pero la comunidad, hasta ahora, parece no haberse sentido interpelada.
Más allá del debate estético, esta polémica pone sobre la mesa un tema crucial: ¿quién decide cómo deben ser los símbolos que habitan nuestros espacios públicos? Porque el arte, nos guste o no, también incomoda. Y a veces, eso es precisamente lo que lo hace relevante.










