Hoy lo amamos en pizzas, salsas y ensaladas, pero hubo un tiempo en que el tomate fue visto como la fruta prohibida… incluso como una “manzana envenenada”. ¿Cómo pasó de ser un símbolo de peligro a convertirse en uno de los ingredientes más populares del mundo?
En la Europa del siglo XVI, el tomate no tuvo la bienvenida que esperábamos. Aunque fue llevado por colonos españoles desde América, su color rojo intenso lo convirtió en sospechoso. Algunos lo relacionaban con la mandrágora y la belladona, plantas tóxicas y asociadas a la brujería. De hecho, el botánico inglés John Gerard llegó a llamarlo “corrupto” y “apestoso”.
La leyenda negra del tomate se consolidó en el siglo XVIII. Entre los aristócratas europeos, comer tomate parecía mortal. Pero no era culpa de la fruta: eran los platos de peltre, que contenían plomo. Cuando el ácido del tomate se mezclaba con el metal, ocurría la intoxicación. Sin saberlo, los ricos culparon al tomate, ganándose el apodo de “manzana envenenada”.
En Estados Unidos tampoco tuvo buena fama al principio. Se cultivaba por curiosidad, no para comerlo. Pero todo cambió con una historia que hoy es casi mítica: la de Robert Gibbon Johnson en Salem, Nueva Jersey. Según la leyenda, en 1820 subió las escalinatas del juzgado y, frente a una multitud, se comió una canasta de tomates para demostrar que no eran venenosos. Como no murió, la gente perdió el miedo.
¿Es real esta historia? No hay pruebas concretas. Apareció hasta 1937 en un libro local y, aunque no esté documentada, se convirtió en parte del orgullo de Salem. Tanto que, por décadas, el pueblo celebró el Festival del Tomate, recreando el supuesto acto heroico.
Más allá del mito, el tomate se ganó su lugar gracias a la migración italiana y su aporte culinario: pizza, salsa, pasta. Hoy es básico en la cocina mundial y un emblema de sabor y versatilidad. De “fruta prohibida” a estrella gastronómica, el tomate demuestra que hasta la mala fama puede transformarse.










