Uno de los principios esenciales del budismo es el ahimsa o no-violencia, que se desdobla lógicamente del entendimiento de la realidad como impermanente e insustancial. Según el budismo, vivimos en un mundo ilusorio donde percibimos cosas como permanentes y sustanciales, cuando en realidad todo está en constante cambio y depende de causas y efectos.
Filósofos budistas como Vasubandhu argumentan que la idea de objetos como unidades fijas es absurda, ya que todo está compuesto de partes. Estas partes no pueden ser infinitamente divisibles ni indivisibles, lo que lleva a la conclusión de que las cosas solo existen de manera relativa y son construcciones conceptuales.
El budismo enseña que nuestra percepción errónea de la realidad es la raíz del samsara, el ciclo de sufrimiento, impulsado por la ignorancia y las aflicciones como el odio y el apego. Dzongsar Khyentse Rinpoche, un maestro budista contemporáneo, explica que la no-violencia no es sumisión, sino una comprensión de que todas las perspectivas son impermanentes. Cuando no tenemos apego al ego, no hay razón para ser violentos.
Al entender que todos estamos atrapados en nuestra ignorancia, surge la compasión. Enojarse con alguien bajo esta influencia es tan absurdo como enojarse con un enfermo mental o un bebé. La verdadera sabiduría implica reconocer la ilusión del ego y practicar la compasión hacia todos.









