Rosa Eugenia Valero
A veces creemos que una burla es algo pequeño, un juego inocente, una chispa de risa en medio de la convivencia. Pero rara vez nos detenemos a pensar en lo que hay detrás de esa risa, en el impacto que puede dejar en quien la recibe. Cuando nos burlamos del cuerpo de alguien, de una condición física, de un rasgo que no eligió o de las oportunidades que no tuvo, olvidamos que esa persona es mucho más que aquello que señalamos.
Lo que para nosotros puede ser un instante pasajero, para el otro puede convertirse en una herida que lo acompaña durante años. Porque las palabras no siempre se las lleva el viento; muchas veces se clavan, permanecen y se convierten en voces internas que repiten: “no vales lo suficiente”. Y esas voces pesan, duelen, limitan.
La verdad es que ninguno de nosotros eligió cómo llegar al mundo. Nadie decidió el cuerpo que tendría, las circunstancias en las que crecería, ni las oportunidades que le serían dadas. Cada quien carga con una historia que desconocemos, y en lugar de respeto solemos poner juicio; en lugar de empatía, sarcasmo; en lugar de ternura, burla.
¿Y por qué lo hacemos? Tal vez porque mirar lo “diferente” en otro nos permite no mirar lo frágil en nosotros mismos. Tal vez porque es más sencillo reírse de afuera que reconocer las inseguridades que guardamos adentro. Pero en el fondo, lastimar con una burla no habla de la debilidad del otro, sino de la nuestra.
Lo que olvidamos es que todos, absolutamente todos, necesitamos lo mismo: ser vistos con dignidad, ser reconocidos por lo que somos y no por lo que nos falta. La belleza del ser humano no está en cumplir un molde, sino en su capacidad de sentir, de luchar, de amar, de seguir adelante aun con sus cicatrices.
La burla nos reduce, porque nos aleja de la humanidad compartida. Nos coloca en una posición falsa de “superioridad” que solo dura un instante, pero que deja heridas reales. La ternura, en cambio, nos engrandece. Cada vez que elegimos callar una crítica para dar un aliento, cada vez que evitamos una risa cruel para ofrecer una palabra cálida, nos acercamos un poco más a lo mejor de nosotros mismos.
Quizás la verdadera madurez esté en darnos cuenta de que no ganamos nada señalando defectos ajenos, pero sí ganamos mucho cuando elegimos abrazar con respeto y empatía. Porque al final, la vida no nos mide por las veces que hicimos reír a costa de otro, sino por las veces que supimos ser refugio y alivio en medio de las batallas invisibles de los demás.
Que nuestras palabras nunca sean piedras que hieren, sino manos que sostienen. Porque en un mundo donde todos cargamos heridas, la ternura siempre será el acto más valiente.









