Andrea Michelle
La moda no solo es la forma en que las personas expresan su personalidad e identidad, sino también la huella de una sociedad o cultura en una determinada época. Es la representación visual de la evolución social. A través de la vestimenta se muestran algunas de las costumbres, valores y tendencias que tenía una comunidad en ese momento de la historia.
Para visualizar mejor este punto, vayamos brevemente a la Primera Guerra Mundial, cuando fue necesaria la inclusión de las mujeres en el ámbito laboral debido a la ausencia de los hombres, ya que la mayoría se encontraban en el campo de batalla. Cuando el conflicto terminó y los soldados que pudieron volvieron a casa, comenzó el proceso de reconstrucción de lo que se había perdido. En esa época, el fin de la guerra reveló a las personas la fragilidad del ser y lo efímera que es la vida. Las mujeres, más independientes, liberadas de algunas normas morales y con un nuevo papel en la sociedad, se entregaron al placer de las fiestas y el deporte. Esto lo expresaron con el cabello más corto, con ropa más suelta que eliminaba el uso del corsé y con la incorporación de minifaldas.
Vista como parte de la consciencia colectiva a la que pertenecemos, la moda también toma relevancia en la manera en que formamos nuestra identidad y nuestros principios. A veces no calculamos, o no somos del todo conscientes, del impacto que las tendencias pueden tener en nuestras mentes o, peor aún, en las de quienes aún están en formación, como los infantes. Los menores, en su descubrimiento del mundo, aprenden de lo que observan y de lo que escuchan. Por lo tanto, cuando a través de la ropa acentuamos elementos sexualizados o priorizamos lo físico por encima de cualquier cualidad, les estamos enviando un mensaje inconsciente: la valía personal depende de la sexualización.
A esta cuestión se le conoce como hipersexualización infantil. Y, si bien los medios de comunicación son el canal de mayor influencia, también contribuimos a este fenómeno cuando vestimos a los niños con ropa de adultos, permitimos que escuchen música con contenido sexual o promovemos el uso de maquillaje, entre otros. Con esto, les estamos enseñando a los menores que la forma única —o principal— de obtener atención, aprobación e incluso éxito reside en cómo exponen su atractivo y en cómo encajan en los modelos estereotipados de belleza.
¿CÓMO PODEMOS EVITAR ESTE TIPO DE PROBLEMÁTICA?
Es importante no normalizar estas formas de pensamiento. Si bien estamos hablando de algo que se presenta en la sociedad y que, a veces, será imposible que nuestros pequeños no vean o escuchen algo que no sea adecuado para su edad, ello no significa que no podamos enseñarles a ser críticos de su entorno y a guiarse hacia enfoques más sanos y apropiados para ellos.
Seguramente has notado cómo el uso de las redes sociales ha tomado fuerza en la vida de las personas. De hecho, hoy en día ya no resulta extraño ver a niños pequeños con celulares o tablets, pero la exposición a Internet y al contenido audiovisual de nuestras pantallas no es tan inofensiva como puede parecer. Por ello, es importante que estemos presentes en lo que los niños consumen; conocer sus intereses y mantener una comunicación abierta nos ayuda a saber cuándo es necesario intervenir. El diálogo libre y honesto, evitando prejuicios o regaños, sirve para prevenir situaciones de confusión o de violencia en los niños.
Finalmente, es importante permitir que los niños fluyan dentro de sus etapas, sin apresurarlos ni buscar que sus comportamientos o su imagen parezcan más maduros o propios de un adulto. Podemos orientarlos hacia el autocuidado, desde el enfoque de la preservación de la salud y la higiene personal, sin centrarlo en si se ven “guapos” o “guapas”. De esta manera, protegemos su autoestima, evitando que dependa de cómo los perciben los demás o de la aprobación social.









