En tiempos donde el estrés, el cansancio y la frustración parecen parte del día a día, una idea nacida hace décadas vuelve a sonar fuerte. El filósofo francés Jean-Paul Sartre, famoso por rechazar el Premio Nobel de Literatura, dejó una reflexión que hoy encaja perfecto con la vida moderna: la felicidad no está en hacer siempre lo que quieres, sino en aprender a querer lo que haces.
Lejos de discursos motivacionales vacíos, Sartre proponía algo más crudo y honesto. Decía que somos libres todo el tiempo, incluso cuando creemos que no. Y que muchas veces nos mentimos para no asumir esa libertad. A eso le llamaba “mala fe”: convencernos de que “no hay opción”, “así me tocó” o “no puedo cambiar”.
Según el existencialismo, esas frases son excusas que nos quitan poder. Porque, aunque no lo notemos, cada decisión —aceptar un empleo, entrenar temprano, quedarnos o irnos— es una elección personal.
Para Sartre, el secreto está en cambiar la narrativa. No es “tengo que trabajar”, sino “elijo este trabajo porque construye quién soy”. No es “qué flojera entrenar”, sino “este esfuerzo define mi carácter”. Cuando transformamos la obligación en decisión, el peso emocional disminuye.
Suena simple, pero es profundo: apropiarte de lo que haces te devuelve el control. Ya no eres víctima de las circunstancias, eres el autor de tu historia.
En una época donde muchos buscan escapar del estrés, la propuesta de Sartre va en sentido contrario: no huyas, dale sentido a lo que ya estás haciendo. Ahí, dice, puede empezar la verdadera libertad… y quizá también la felicidad.









