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La salud mental a través de los cambios generacionales 

agosto 18, 2025
en Bienestar
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Coordinadora Estatal de Salud Mental- Instituto de Salud Mental del Estado de Durango 

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Hablar de similitudes y diferencias generacionales es un tema cotidiano. Sin embargo, son los aspectos negativos a los que con más frecuencia se alude, generalmente bajo la premisa de que «ya no son como los de antes», sin importar de qué generación hablemos. 

Empecemos por definir el término generación: es un grupo de individuos de edades relativamente similares, que han vivido en el mismo periodo de tiempo, moldeados por acontecimientos muy parecidos —movimientos sociales, políticos, desarrollo tecnológico, etc.— y que portan valores comunes, con un enfoque y perspectiva del futuro parecidas. 

Las generaciones se dividen en intervalos de tiempo de aproximadamente 20 años, con pequeñas variaciones relativas al país y/o autor; asignándose de la siguiente manera: 

  • Generación Perdida: 1883 – 1900. 
  • Generación Grandiosa: 1901 – 1927. 
  • Generación Silenciosa: 1928 – 1945. 
  • Baby Boomers: 1946 – 1964. 
  • Generación X: 1965 – 1979. 
  • Generación Y o Millennials: 1980 – 1994. 
  • Generación Z: 1995 – 2009. 
  • Generación Alfa: 2010 – 2025. 

Cada generación ha vivido retos y circunstancias distintas que marcan una serie de hábitos, comportamientos, ideales y hasta temores que los moldearon. Estas diferencias se evidencian en la convivencia multigeneracional. Estas segmentaciones no pretenden engrandecer ni demeritar a ninguna de ellas; por el contrario, buscan dar una comprensión mayor. 

Es cierto que las críticas pueden ser constructivas, pero mal direccionadas amplían la brecha existente, dando notoriedad a los contrastes y comparativas que no tienen utilidad ni sentido. 

Hagamos un recuento a través del tiempo. Situémonos alrededor de 1928: la Generación Silenciosa vivió parte de la guerra escuchando narrativas de la Primera Guerra Mundial y no se fue antes de vivir la Segunda. Presenciaron el advenimiento de los automóviles y una masiva industrialización; es innegable que los fenómenos bélicos dejan huellas imborrables que trascienden. 

El tema de salud mental estaba relacionado con debilidad e incluso castigo. Buscar ayuda era una etiqueta vergonzosa y los tratamientos estaban muy poco estandarizados. Sin omitir las normas opresoras de la época, buscar ayuda no era una opción y los recursos eran muy limitados. Eso no minimizó ni detuvo el trauma de la posguerra, con tal relevancia que el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM, por sus siglas en inglés) inició su historia en esta época, basando su contenido en el estudio de las condiciones de estrés postraumático en veteranos de guerra. Con opciones restringidas o casi nulas para mitigar cualquier condición de salud mental, centraron toda esperanza en la unión familiar, con estructuras rígidas y un papel central en la supervivencia. Asentaron sus esfuerzos en no pasar hambre y favorecer la mediana paz en la que vivían, y así educaron a sus hijos, otorgando los mayores recursos posibles. 

Los baby boomers vivieron enormes cambios sociales, movimientos culturales, el auge del feminismo y el deseo de igualdad. Los estragos de la posguerra y el estigma ante la salud mental aún están presentes. Con el incremento en la esperanza de vida, vinieron las enfermedades crónicas, los trastornos neurocognitivos (demencias) y las manifestaciones psiquiátricas propias de cada condición. Atravesaron diversas crisis económicas con una abrumadora presión financiera y vivieron el inicio de la era digital. Cabe destacar que ellos son padres de los millennials, a quienes educaron con la premisa de que estudiar les brindaría seguridad financiera y estatus social. 

La Generación X representa la consolidación del cambio. Vivieron un hito social crucial con la caída del Muro de Berlín; con ellos se dio una mayor incursión femenina en el mundo laboral, incrementaron las tasas de divorcio y fomentaron valores como el respeto a la diversidad, la autosuficiencia y la flexibilidad. Experimentan dificultades para equilibrar la vida laboral, familiar y personal, y son los primeros en tener la responsabilidad de cuidar simultáneamente a padres, hijos e incluso nietos. Aún les es embarazoso pedir apoyo en salud mental, pero están más abiertos a hablar del autocuidado, la inteligencia y la expresión emocional. Para ellos, la prioridad al educar a sus hijos es incentivar el “ser alguien en la vida”: cumplir metas académicas, laborales, económicas y sociales, hasta convertirse en personas responsables y respetables. 

Llegamos a una generación muy controversial: los millennials, última generación en utilizar dispositivos analógicos y migrar a temprana edad a la era digital. La seguridad laboral y la estabilidad económica post jubilación dejaron de ser una realidad; viven ante una constante incertidumbre económica, en medio del agotamiento profesional y la exigente necesidad de crecimiento, lo que representa altos niveles de ansiedad, sin olvidar que están inmersos en las redes sociales y su impacto. Son la generación más preparada y más fatigada de la historia. Con ellos inicia una búsqueda masiva de inclusión ante la diversidad, mayor conciencia sobre la salud mental y, consecuentemente, un incremento en la demanda de atención en la materia, rebasando los sistemas de salud y enfrentándose a barreras en el acceso a estos servicios.  Esta generación invierte grandes esfuerzos en la educación emocional de sus hijos; el resto de las generaciones procuraron proporcionar paz, alimento, educación, estatus y estabilidad financiera, que queda después de darlo todo. La búsqueda de la felicidad para sus hijos y para ellos implica una pesada carga, con el riesgo de advertir como “malo” no ser feliz. La felicidad se vuelve una responsabilidad y estigmatiza otras emociones; puede generar temor a perderlo todo, incluyendo la felicidad. A partir de esta generación, alcanzar la plenitud y satisfacción constante es imprescindible y, para ser honestos, esto es tan irreal como inútil. La versatilidad de experiencias y emociones nos forjan temple y construyen resiliencia. 

Para la generación Z, las cosas no lucen mejor que para los millennials. Viven bajo la lupa de las redes sociales; la exposición es constante y mandatoria (FOMO). Han sido testigos de problemáticas como el calentamiento global, la pandemia por COVID-19, la sobrecarga de información, la conectividad y la comunicación digital, con grandes dificultades en la comunicación presencial. Viven tan conectados como solos; una generación que abiertamente convive con el cuidado de la salud mental, que habla frecuente y claramente de estos temas y los ha convertido en un eje central. 

La generación Alfa goza plenamente de los beneficios y adversidades de un mundo totalmente digitalizado. Crecieron en medio de la pandemia, con dificultades de convivencia y un desarrollo distante de otras generaciones. Las pantallas son parte de su vida; no en vano se les conoce como la generación “touch”. El exceso de información ha incrementado la ansiedad ante problemáticas contemporáneas, pero fuera de su alcance, como conflictos bélicos, inflación, discriminación y racismo, por mencionar algunas. Construir su identidad les resulta muy complicado; tienen que equilibrar un yo real con un yo virtual. No obstante, han crecido informados acerca de la salud mental; para ellos es cotidiano expresar sus emociones y, si es necesario, buscar ayuda. Son una generación en desarrollo y aún mantenemos la oportunidad de impactar en ellos de manera positiva. 

Reducir la brecha generacional implica una mejor comprensión de las perspectivas, experiencias y desafíos de cada generación; favorecer un diálogo abierto y respetuoso; entender los contextos de cada uno a través de la empatía y la adaptación, de acuerdo con los valores generacionales. Se trata de aprovechar las fortalezas de cada individuo, independientemente de su edad. El mundo cambia constantemente y la convivencia es ineludible. Cada generación tiene sus ideales y constructos sobre la salud mental. Establecer enfoques intergeneracionales, poco a poco, derribará barreras y estigmas, creando juntos una sociedad responsable y consciente del valor de la salud mental individual y colectiva. 

La actual problemática en materia de salud mental no obedece solo a una generación, nos involucra a todos, no es culpa de nadie, pero es responsabilidad de todos.  

“Debemos recordar, a través de las generaciones, que hay tanto que aprender como que enseñar”.  

Gloria Steinem. 

Etiqueta: HistoriaSalud mental
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