Una reflexión sobre el vínculo afectivo en las personas que viven con demencia… SUMARIO
Dr. Jorge Enrique Loera Castañeda
La demencia y el Alzheimer nos enfrentan con una dolorosa paradoja: ver cómo quienes amamos olvidan, poco a poco, los detalles de su vida, nuestros nombres, los eventos compartidos… Sin embargo, algo profundamente humano y poderoso permanece: la emoción, el vínculo, la sensación de cercanía.
A lo largo de los años, como especialista en salud mental y acompañante terapéutico de personas mayores, he sido testigo de una verdad tan conmovedora como reveladora: el corazón recuerda lo que la mente olvida. Aunque el deterioro cognitivo avance, las personas con demencia conservan la capacidad de sentir. Pueden olvidar cómo se llama su hija, pero reaccionan con ternura al oír su voz. Tal vez no reconozcan el rostro de su pareja, pero experimentan calma al estar entre sus brazos.
Esto nos invita a reflexionar sobre nuestra presencia. En el proceso de la enfermedad, no todas las relaciones se conservan de la misma manera. Las personas con demencia suelen reconocer y conectar más fácilmente con quienes han permanecido cerca, tanto física como emocionalmente. Aquellos que se ausentan o se distancian, muchas veces, se vuelven más “olvidables”; no por falta de amor, sino por falta de contacto.
Este hecho no debería llenarnos de culpa, sino de conciencia. Estar presentes no siempre implica grandes sacrificios, sino pequeños actos cotidianos: una visita, una canción compartida, una caricia en la mano, una comida favorita. Cada momento cuenta. Cada encuentro fortalece un lazo invisible que, aunque la memoria falle, deja huella en el alma.
He acompañado a muchas familias en esta travesía. Algunas de ellas, al despedirse de sus seres queridos, sienten paz. No porque no duela, sino porque saben que estuvieron ahí. Que no faltaron. Que no dejaron espacio para los «hubiera». En cambio, otras viven el duelo con remordimiento, deseando haber hecho más, haber estado más, haber dicho más veces: «te quiero».
Por eso, escribo estas líneas con el deseo de invitar a todos a una reflexión:
¿Qué tan presentes estamos en la vida de nuestros seres queridos que viven con demencia?
¿Somos parte de su entorno diario o nos hemos distanciado por temor, por tristeza o por no saber cómo actuar?
La convivencia, el contacto emocional, el tiempo compartido… no curan la enfermedad, pero sí nutren el alma. Para quien padece demencia, y también para quien ama.
Porque, aunque los recuerdos se desvanezcan, el amor permanece.
Y eso, quizás, es lo más importante de recordar.









