LPC. Saulo de Jesús Ramírez Cisneros
Me gusta escuchar canciones, ver las nubes y el horizonte, las montañas, las estrellas, la luna…
Me gusta observar a las personas que amo: ver sus ojos, sus miradas, sus sonrisas, escuchar sus palabras y sentir el tono de su voz.
Ver el milagro de la vida hecho realidad en la existencia de la gente que amo es, para mí, una de las cosas que me mantienen vivo, porque me recuerdan que la vida tiene un propósito.
Sin embargo, no puedo mentir: en ocasiones también he sentido la soledad, la incomprensión y la incomodidad de momentos difíciles. A pesar de eso, por alguna razón, la esperanza nunca ha desaparecido. Es la esperanza la que me da fuerza para seguir adelante. Soy un fiel creyente de ella, porque sé que ninguna situación, por difícil que sea, es para siempre.
A veces me pregunto por qué Dios permite ciertas cosas: el sufrimiento, el abandono, la incomprensión, la falta de afecto, los niños que sufren, los ancianos en soledad, la gente triste, la gente en guerra…
Me gusta pensar que Dios necesita de nosotros, que permite que sucedan cosas malas para que podamos ser buenos. Porque, ¿cómo podríamos ser buenos si no hubiera a quién ayudar? ¿Cómo podría crecer mi fe si no tuviera que pasar por caminos oscuros?
Claro que sé que no todos piensan igual. Muchos desearían una vida sin enfermedad, sin problemas, sin riesgos, sin pobreza ni incertidumbre económica. Pero a veces somos nosotros mismos los que creamos parte de nuestro propio sufrimiento: malos hábitos, malos pensamientos, malos sentimientos.
Tal vez la pregunta no es por qué Dios permite el mal, sino por qué nosotros, los humanos, nos permitimos hacer el mal, incluso a nosotros mismos.
Conforme pasan los años, me doy cuenta de que la vida es demasiado corta y que el tiempo acelera su paso cada año.
No quiero perder el tiempo estando triste o decaído. Quiero que cada día tenga sentido; quiero mirar cada día el rostro de mis seres queridos y admirarme de su existencia, amarlos y grabar en mi memoria sus rostros, su voz y su sonrisa. Sé que algún día será el último, por lo menos aquí en la Tierra.
Hace poco me preguntaron cuál es la fórmula para salir de estados emocionales oscuros. La verdad es que no hay una única alternativa, pero sí hay algunos ingredientes que no pueden faltar:
Uno de ellos es la esperanza, otro es la fe y el más importante es el amor.
Esperanza para saber que las cosas pueden mejorar, fe para mantener la mirada en alto y amor para buscar el bien de uno mismo y de los demás. La fórmula es sencilla.
La vida se complica cuando busco la felicidad en la vanidad, en demostrar riqueza, sabiduría o poder. Eso solo genera un vacío que se hace cada vez más grande. No podemos poner nuestra esperanza en cosas que se pierden fácilmente, como lo material. No podemos poner nuestra fe en ídolos de barro como los “likes”, los seguidores, la apariencia, la belleza. Y el amor no se encuentra en la admiración de los demás hacia nosotros.
Si existiera un manual de vida, sería muy sencillo. Desgraciadamente, los humanos solemos complicarlo todo.
Aun así, mientras mire el horizonte, escuche una canción, vea a quienes amo y sostenga la esperanza, la fe y el amor, sé que cada día valdrá la pena.









