TANATÓLOGA TITA VELARDE
Todos los seres humanos tenemos vínculos de amor importantes y significativos, ya sea con una persona, con una mascota e, inclusive, con cosas materiales como una casa, un carro, ropa, joyas, etc. Y esto es algo natural en nuestra convivencia y socialización; sin embargo, sabemos que nada es para siempre en esta vida, hay una impermanencia total y nos cuesta aceptarlo. Así que, cuando se pierde ese vínculo tan importante o fallece alguien a quien amamos, se genera un proceso llamado duelo.
El duelo no es un padecimiento, no es un estado de ánimo, no es una debilidad ni mucho menos un error. No es algo que se deba evitar, controlar o reprimir. Por el contrario, el duelo es el dolor más complejo y profundo que puede sentir un ser humano. Es la expresión del alma diciendo: “es el precio por amar tanto”. Pero, aun así, es un proceso necesario, legítimo y natural. Así como el cuerpo reacciona ante una herida con sangre y la formación de una costra para sanar, el alma también reacciona cuando sufre una pérdida. Llora, se quiebra, se confunde, se estresa, se desorienta. Y cada uno lo enfrentaremos de acuerdo con nuestra personalidad, al tipo de vínculo que teníamos con la persona que perdimos, a nuestras creencias y crianza, pero también al rol que tenemos en la familia y en la sociedad.
En esta ocasión hablaremos de cuando un padre de familia se encuentra en duelo. Papá es una figura fundamental, es alguien que brinda amor, seguridad, protección, fortaleza, etc. Y, en la mayoría de las ocasiones, la sociedad le impone una etiqueta de “ser fuerte” ante las crisis, la adversidad y las pérdidas. Y ser fuerte significa “aguantar o soportar”, muchas veces en silencio, el dolor que por dentro lo está matando y seguir adelante por las responsabilidades con las cuales necesita cumplir. Sin embargo, papá también siente, también sufre, también está en soledad y vacío; ese vacío que puede sentirse como un silencio ensordecedor que antes estaba lleno de risas, palabras, costumbres, rutinas. La vida le ha cambiado ante el duelo, y este cambio ha impactado en el día a día, en el cuerpo, en la mente, en los pensamientos, en los sentimientos, en los valores, en las creencias, en la fe, en sí, en toda la energía vital.
Cuando un padre está en duelo, requiere apoyo, espacio y paciencia, manifestándose de varias maneras:
- Dolor intenso y silencioso: no llora, se muestra distante, ausente, enojado o se mantiene enfocado en resolver los problemas cotidianos y en mantener su sentido de responsabilidad, lo que crea que su duelo se retrase o lo reprima.
- En lugar de expresar sus emociones, se evade en acciones; es decir, trabaja más de lo normal, hace mucho ejercicio, se la pasa arreglando cosas en la casa, trata de mantenerse ocupado la mayor parte del tiempo.
- Siente culpa, lo cual es muy común en los padres, ya sea al perder a su esposa, a un hijo, hermano o a sus padres. Constantemente puede sentir que falló como protector y como cuidador.
- Le resulta complicado pedir ayuda y hablar de lo que siente; se aísla y esto le puede originar soledad.
El duelo no se vive ni se afronta como si fuera una receta de cocina, no todos lo caminamos de la misma forma. Un padre puede amar profundamente y también sufrir intensamente, aunque no lo exprese o lo haga visible ante los demás. Pero su dolor merece ser validado y respetado como el de todo ser humano, aunque no lo hable, aunque nunca se queje. Un papá necesita que los demás le permitamos sentir y expresar sin juicios, sin críticas y sin exigencias. Él también tiene derecho a quebrarse, a llorar, a gritar su dolor y, sobre todo, a sanar emocionalmente la ausencia que le ha dejado la partida de un ser querido. Y podemos apoyarlo de manera afectiva y efectiva realizando lo siguiente:
- Escucha activa: estar ahí para escuchar sin miedo a decir algo equivocado, sin excusas y sin prisas, sino con amor y respeto. Permitirle abrir su corazón a su ritmo, a su paso.
- Ayuda práctica: ofrecer asistencia concreta (ir de compras, ayudarlo a cocinar, a realizar trámites) en lugar de frases genéricas como «avísame si necesitas algo»; la ayuda necesita ser real y sincera, sobre todo los primeros meses del duelo.
- Mantener el apoyo constante, teniendo en cuenta que el proceso del duelo comienza al terminar el funeral y al regresar a casa y comenzar a extrañar a la persona que murió. Entonces, hay que evitar frases como “tienes que ser fuerte”, “hazlo por tus hijos, por tu esposa, etc.”, “el tiempo lo cura todo” y otras más, que en lugar de ayudar controlan lo que siente y le impiden expresar libremente el dolor.
Comprender que el duelo es un proceso natural nos invita a vivirlo con más conciencia, nos permite valorar el apoyo de los demás, nos hace entender que este proceso no se tiene que vivir en soledad, sino que existen recursos para sostenernos, como la familia, los amigos, terapeutas, tanatólogos, grupos de apoyo y de autoayuda, como también herramientas como la meditación, lecturas, escritura, arteterapia, rituales, etc. Diferentes actividades que aportan transformación mental y emocional. Por lo tanto, reconocer las pérdidas como parte de la vida es un acto de sabiduría, nos ayuda a dejar de luchar contra la realidad que no se puede cambiar, aceptando las nuevas circunstancias y caminando hacia la sanación del alma.
Un padre en duelo necesita comprender que no está mal sentirse triste o enojado, que puede tener miedo al futuro ante la incertidumbre de no saber qué hacer con los cambios que está viviendo, necesita saber que puede ser débil, que puede sentirse roto, etc. Todo esto es una muestra de que está vivo y que es capaz de encontrar el camino hacia su propia reconstrucción y hacia el amor en toda su expresión. Nunca olvides: acompañar a alguien en duelo es abrazar su alma…









