Alejandra Terrones
Colectiva 50+1
Cada día, en miles de hogares, hay personas —en su mayoría mujeres— que despiertan antes que todas y son las últimas en dormir. Preparan el desayuno, alistan uniformes, acompañan a las infancias a la escuela, cuidan a personas mayores o enfermas, atienden el hogar y, muchas veces, además, salen a buscar el sustento económico. Al regresar, las espera una doble, o incluso triple, jornada, porque el cuidado y las actividades domésticas no terminan con el horario laboral. Este trabajo invisible sostiene la vida, pero pocas veces recibe reconocimiento o valoración.
De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), por cada cien horas de trabajo remunerado se realizan 125 horas de trabajo no remunerado, y tres cuartas partes de ese tiempo son realizadas por mujeres. En México, según datos del INEGI, las mujeres aportan más del 72 % del valor económico del trabajo no remunerado en los hogares, equivalente a casi una cuarta parte del Producto Interno Bruto nacional.
Estas cifras revelan lo que especialistas llaman la economía del cuidado, ese sistema invisible que sostiene al mundo, pero que se construye sobre los hombros de millones de mujeres. El 75 % de las labores de cuidado —como la crianza, la limpieza o la atención a personas enfermas o adultas mayores— recae en ellas. Esta sobrecarga no solo limita sus oportunidades laborales, sino que también las deja más expuestas a la pobreza y a la dependencia económica. No es casualidad que las más pobres entre las personas pobres sean las mujeres y sus familias, dato confirmado por organismos como la CEPAL y ONU Mujeres, que han documentado la feminización de la pobreza como uno de los rostros más duros de la desigualdad.
Es urgente reconocer que la eliminación de la violencia contra las mujeres no solo se manifiesta en los golpes o en el acoso, sino también en la desigual distribución del tiempo y del trabajo. La violencia económica y simbólica parte de la idea de que las mujeres “deben cuidar” por naturaleza, lo que perpetúa la desigualdad y limita su libertad.
Debemos transitar hacia una sociedad en la que los trabajos del hogar y del cuidado sean reconocidos, respaldados y redistribuidos. Reconocer implica entender su valor económico y social; respaldar significa acompañar con políticas, servicios y condiciones adecuadas a quienes los realizan; y redistribuir supone asumir que el cuidado es una responsabilidad compartida entre todas las personas, las instituciones y el Estado.
El cuidado del hogar, de las infancias o de las personas mayores es, sin duda, una de las tareas más valiosas y humanas que existen. Cuidar es sostener la vida; es un acto de amor y de entrega que forma parte esencial del tejido social. Pero ese amor no debe confundirse con un destino marcado: las mujeres deben tener la libertad de elegir si quieren cuidar, trabajar fuera del hogar o combinar ambos roles, sin culpa ni desigualdad. Porque cuidar también implica poder cuidarse a sí mismas, tener tiempo propio, proyectos y sueños.
Este no es un llamado a la confrontación entre mujeres y hombres, sino una invitación a la armonía y a la corresponsabilidad.
Es momento de comprender que hemos vivido en un sistema que ha afectado a todas las personas: a las mujeres, por sobrecargarlas, y a los hombres, por alejarlos de algo tan valioso como la sensibilidad, la empatía y el cuidado.
Cuidar no debería ser una obligación impuesta ni una carga invisible, sino una tarea compartida que fortalece vínculos y humaniza. Porque, mientras una persona sostiene el mundo desde su hogar o desde el cuidado de otra, la sociedad entera tiene una deuda con ella, y es hora de saldarla. ¡Juntas y juntos, con amor, justicia y equilibrio!









