Durante generaciones, la frase “las enfermedades entran por los pies” ha sido repetida como una verdad absoluta. Abuelas, madres y tías la han usado como advertencia cada vez que alguien anda descalzo o con los pies fríos. Pero ¿qué tan cierta es esta creencia desde el punto de vista científico?
La medicina moderna es clara: los virus que causan gripa, resfriado o influenza no entran por los pies. De acuerdo con análisis médicos y estudios difundidos por plataformas especializadas, estas infecciones ingresan al cuerpo por las mucosas de la nariz, la boca y los ojos, principalmente a través del aire o del contacto con superficies contaminadas. El frío, por sí solo, no provoca enfermedades.
Entonces, ¿por qué enfermamos más en invierno? La respuesta no está en los pies, sino en el contexto. Durante los meses fríos pasamos más tiempo en espacios cerrados y mal ventilados, lo que facilita el contagio. Además, el aire frío reseca las mucosas nasales, debilitando una de las principales barreras naturales del organismo frente a los virus.
Eso no significa que proteger los pies sea inútil. Caminar descalzo en ciertos entornos puede aumentar el riesgo de infecciones cutáneas, hongos o lesiones, especialmente si hay heridas abiertas. En ese sentido, el cuidado tiene más que ver con la salud general y la prevención de otros padecimientos, no con evitar una gripa.
La persistencia de este mito se explica por la cultura y la psicología: cuando una persona se expone al frío y luego se enferma, el cerebro conecta ambos eventos, aunque no exista una relación directa. La tradición oral hace el resto.
La clave no está en desmentir a la abuela con dureza, sino en entender qué parte del consejo tiene sentido y cuál pertenece al terreno del mito. Informarnos es la mejor forma de cuidarnos… sin miedo innecesario.









