Si de niño salías a jugar a la calle, regresabas cuando ya casi oscurecía y tus papás solo preguntaban desde la puerta “¿ya comiste?”, quizá tu infancia tuvo más beneficios de los que imaginabas.
Investigaciones en psicología señalan que crecer jugando al aire libre y con menor supervisión de los adultos no necesariamente generó traumas. Por el contrario, este tipo de experiencias pudo ayudar a desarrollar autonomía, confianza, creatividad y mejores herramientas para manejar las emociones.
Durante los años 90 y principios de los 2000 era común que los niños se reunieran para jugar canicas, escondidas, futbol o cualquier cosa que se inventara en la calle. Muchas veces los adultos no estaban encima de ellos y eso los obligaba a resolver pequeños conflictos por su cuenta.
Un estudio liderado por la profesora Helen Dodd, de la Universidad de Exeter, encontró que el juego libre al aire libre puede favorecer la estabilidad emocional durante la infancia. Además, una investigación publicada en el Journal of Child Psychology and Psychiatry, que analizó a unos 4 mil niños, relacionó una mayor exposición al exterior entre los 2 y 4 años con patrones de salud mental más sólidos hasta los 8 años.
De acuerdo con los investigadores, cada día adicional de juego al aire libre incrementó entre 6% y 14% las probabilidades de mantener un perfil mental saludable.
Pero no todo se trata de correr y jugar. Al estar lejos de la mirada constante de mamá o papá, los niños también aprendían a negociar, resolver discusiones, tomar decisiones, tolerar la frustración y convivir con otros.
Esa libertad también estimulaba la imaginación. Una pelota podía convertirse en cualquier cosa, una banqueta en una cancha y unas cuantas reglas inventadas bastaban para pasar toda la tarde jugando.
Otro análisis, realizado por el doctor Andreas Lieberoth, de la Universidad de Aarhus, encontró que el juego exterior permite a los menores experimentar con las normas sociales, bromear y disfrutar cierta libertad en los espacios públicos.
El problema es que esa costumbre ha disminuido. Las nuevas tecnologías, los celulares y los cambios en las rutinas familiares han reducido las oportunidades de que los niños jueguen libremente en exteriores.
Eso no significa que los niños de antes hayan tenido una infancia perfecta ni que dejar a un menor sin supervisión sea recomendable en cualquier circunstancia. El punto es que el juego libre, seguro y adecuado para su edad puede ofrecer aprendizajes que difícilmente se obtienen frente a una pantalla.
Así que aquella infancia de rodillas raspadas, carreras por la calle y “vete a jugar afuera” quizá tenía algo más que nostalgia: también podía estar enseñando a los niños a valerse por sí mismos.









