Resolverles todo a los hijos podría volverlos adultos inseguros
Como padres, es normal querer evitarles a los hijos cualquier problema, tristeza o frustración. Sin embargo, intentar solucionarles absolutamente todo podría terminar jugando en su contra.
Especialistas en salud mental señalan que los niños necesitan enfrentarse a pequeñas dificultades de acuerdo con su edad para aprender a tomar decisiones, manejar la frustración y confiar en sus propias capacidades.
La psicóloga Marian Rojas Estapé explica que cuando un menor se encuentra frente a un desafío, intervienen distintas áreas del cerebro. La amígdala identifica aquello que puede representar una amenaza, mientras que la corteza prefrontal participa en el análisis de las alternativas y la toma de decisiones.
El problema aparece cuando los adultos se adelantan constantemente y solucionan cada obstáculo antes de que el niño tenga oportunidad de intentarlo.
¿Qué ocurre cuando los padres intervienen demasiado?
Si un niño tiene un problema y mamá o papá inmediatamente lo resuelven, pierde una oportunidad para practicar algo fundamental: buscar soluciones por sí mismo.
Con el tiempo, puede comenzar a interiorizar la idea de que no es capaz de enfrentar determinadas situaciones. Además, la falta de experiencias en las que tenga que tolerar cierta frustración limita la oportunidad de aprender a manejar emociones difíciles.
Esto no significa dejar a los menores solos ante problemas que no pueden resolver. La clave está en acompañar sin hacer todo por ellos, permitiendo que intenten, se equivoquen y vuelvan a intentarlo.
Equivocarse también enseña
Los pequeños errores de la infancia pueden convertirse en importantes aprendizajes. Resolver una tarea complicada, tomar una decisión sencilla, afrontar una decepción o buscar una solución a un conflicto cotidiano ayuda a desarrollar autonomía.
La frustración moderada, siempre dentro de límites seguros y adecuados para la edad, también permite que los menores descubran que una dificultad no significa que todo esté perdido.
Y ahí aparece un aprendizaje importante: equivocarse no necesariamente significa fracasar.
¿Cómo puede afectar esto en la adultez?
Una persona que creció con una intervención constante de sus padres puede llegar a la vida adulta con dificultades para tomar decisiones por cuenta propia, temor excesivo a equivocarse o una fuerte necesidad de aprobación y apoyo externo.
Estas dificultades no significan que la persona carezca de inteligencia o capacidades. Más bien, pueden estar relacionadas con haber tenido pocas oportunidades durante la infancia para practicar la autonomía y aprender a tolerar la incomodidad.
Por ello, educar también implica saber cuándo intervenir y cuándo dar un paso atrás.
La reflexión coincide con una idea del psiquiatra y filósofo Viktor Frankl: encontrar un propósito o una tarea que dé sentido a la vida puede fortalecer la capacidad de una persona para enfrentar las dificultades.
En pocas palabras, proteger a los hijos no significa evitarles todos los problemas. También significa enseñarles que pueden enfrentarlos, aprender de sus errores y descubrir que son capaces de salir adelante.









