Jean Paul Acuña
Los niños tienen esa magia de sorprendernos a cada instante. Nos llenan de alegría, de vida, de risas que iluminan los días más grises… pero también, a veces, nos ponen el corazón en la garganta. Hay sustos que uno no se los desea a nadie, y este fue uno de esos momentos que jamás se borran.
Hace un par de semanas estaba en casa, concentrado en unos trabajos que debía entregar a unos clientes. Todo marchaba con normalidad, hasta que sonó el teléfono. Era la mamá de mi pequeño, con la voz entrecortada, diciéndome que nuestro hijo se había tomado un medicamento de su bisabuela. Al parecer era un tratamiento para la hipertensión o algún problema del corazón. En ese instante, el mundo se me vino encima. Me dijo que iban camino al Materno Infantil, y sin pensarlo, tomé mis cosas y salí corriendo. Por fortuna, el hospital está a unas cuantas cuadras de casa, pero cada paso me pareció eterno.
Cuando llegué y lo vi, no hay palabras que alcancen para describir lo que sentí. Era una mezcla de miedo, angustia, impotencia, enojo… todo al mismo tiempo. Las siguientes horas fueron una prueba dura. Le estaban realizando un lavado de estómago y tuvieron que sujetarlo con sábanas para que no se moviera. Verlo así, tan pequeño, tan frágil, fue desgarrador.
Cuando por fin despertó, sentí cómo el alma me volvía al cuerpo. Hasta las pediatras estaban nerviosas por la potencia del medicamento que había ingerido. Pero él, sin noción alguna del caos que había provocado en nosotros, pidió de comer porque tenía hambre, pidió que le pusieran a Plim Plim y empezó a jugar como si nada hubiera pasado.
Después le hicieron estudios de sangre para asegurarse de que no quedara rastro del medicamento en su cuerpo. Un par de horas más tarde, los resultados confirmaron lo que tanto deseábamos: estaba completamente bien. Nos dieron el alta, y ese momento, sin exagerar, se sintió como volver a respirar después de estar mucho tiempo bajo el agua.
Aquella experiencia me dejó una gran lección. Los niños son curiosos por naturaleza, viven explorando, descubriendo, tocando todo lo que encuentran. Y nosotros, los adultos, debemos estar siempre un paso adelante. No hay precaución que sobre cuando se trata de protegerlos.
Porque basta un segundo para que la vida te recuerde lo frágil que puede ser la felicidad, y lo inmenso que es el amor que sentimos por ellos.









