MTRA. TAN. TITA VELARDE
Definimos la palabra «pérdida» como el conjunto de experiencias significativas de privación o separación de personas u objetos con los que existe una relación o un vínculo, un «lazo». Para entender la experiencia de la pérdida, suele ser útil reconocer su omnipresencia en la vida humana. En cierto modo, perdemos algo con cada paso que avanzamos en el viaje de nuestra existencia; cosas que van desde las más tangibles, como las personas, trabajos, relaciones, lugares u objetos, hasta las más inmateriales, pero no por ello menos significativas, como la juventud o los sueños e ideales que se desvanecen cuando nos enfrentamos a las duras «realidades» de la vida. En cada etapa de nuestro ciclo vital se va perdiendo algo: el nacimiento de un hijo priva a sus padres de una serie de libertades de las que gozaban como pareja; cuando los hijos alcanzan su independencia o bien se casan, los padres se enfrentan al nido vacío… Y lo que es aún más revelador, aunque raramente nos paremos a pensarlo, la vida nos obliga a renunciar a todas las relaciones que apreciamos, ya sea a raíz de separaciones, cambios de domicilio, de trabajo o de la muerte de otras personas, y también a la de nosotros mismos. Cada una de estas pérdidas inevitables va acompañada de su propio dolor y nos afecta de una manera personal. Por lo que es importante reconocer que todo cambio implica una pérdida, del mismo modo que cualquier pérdida es imposible sin el cambio, y todo va a depender de la forma en que lo enfrentes: como víctima o bien como protagonista de tu vida.
Cada pérdida acarreará un duelo, y la intensidad del duelo no dependerá de la naturaleza del objeto perdido, sino del valor que se le atribuya, es decir, de la inversión afectiva depositada en la pérdida. Las pérdidas se clasifican de la siguiente manera:
- EL PROPIO NACIMIENTO: La más dolorosa separación de la comodidad y estabilidad en el vientre materno. Pérdida de la vida.
- PÉRDIDAS INTRAPERSONALES: Salud, autoestima, ideales, valores, sueños, etc.
- PÉRDIDAS EXTERNAS: Materiales como vehículos, una casa, el trabajo, la situación económica, objetos de valor sentimental, la jubilación.
- PÉRDIDAS EMOCIONALES: Relaciones de pareja, divorcios, amistades, mascotas.
- PÉRDIDAS EVOLUTIVAS: Cada etapa de la vida (infancia, adolescencia), la juventud, la menopausia, la vejez.
- PÉRDIDAS DE BIENES HUMANOS Y ESPIRITUALES: Impotencia frente a actos terroristas, secuestros, violencia, desastres naturales.
Una tarea fundamental del proceso de duelo es la de «volver a aprender cómo es el mundo», un mundo que la pérdida ha transformado para siempre y al cual tendremos la tarea de adaptarnos sin la presencia física o material de lo que hemos perdido. La elaboración del duelo es un proceso activo de afrontamiento, lleno de posibilidades para trascender el dolor, darle un sentido, adaptarse y aprender; solo es cuestión de que la persona decida cómo vivir y enfrentar el dolor. Hacer frente a la pérdida de alguien o algo que amas es uno de los mayores desafíos de la vida.
¿Y cómo podemos llevar a cabo lo anterior descrito? Tomando en cuenta los siguientes desafíos:
1.- RECONOCER LA REALIDAD DE LA PÉRDIDA: Aunque esta tarea puede parecer obvia, el desafío que plantea puede ser difícil de superar. Nos obliga a aprender la lección de la pérdida a un nivel intensamente emocional, nos enfrenta a la realidad y al sufrimiento; para reconocerla, es conveniente hablar de ello las veces que sean necesarias o bien utilizar la escritura como terapia: escribir lo que se siente, lo que se piensa, etc.
Podemos entender la pérdida como una «llamada de atención», una sacudida para revisar nuestras prioridades y asegurarnos de que le estamos dedicando tiempo y consideración a las personas y proyectos que más valor tienen para nosotros. Al hacer esta revisión, podemos comprender que nada en esta vida es permanente, nada ni nadie es para siempre. Nos ilusionamos con la falsa sensación y creencia de que «siempre nos queda tiempo» para prestar atención a lo que es realmente importante, mientras desperdiciamos horas, semanas y años preciosos con preocupaciones, relaciones superficiales, llevando una vida evasiva y poco reflexiva, llenándonos de rencores, culpas, resentimientos y frustración.
Por lo tanto, una de las grandes lecciones de la pérdida es valorar, desde el amor, lo que forma parte de nuestra vida.
2.- ABRIRSE AL DOLOR: Si intentamos mitigar o evitar de manera continuada los sentimientos más estresantes que despierta la pérdida, podemos retrasar o perpetuar nuestro duelo. Las personas que han sufrido una pérdida necesitan identificar los matices de los sentimientos que deben expresar y trabajar, ya sea en momentos de reflexión y contemplación privada o en momentos compartidos de conversación.
Sencillamente, necesitamos darnos permiso de sentir y de expresar lo que la pérdida trae consigo. Acepta también que tendrás que vivir momentos duros y emociones intensas, que estarás más vulnerable… No te exijas demasiado; sé amable contigo mismo y respeta tu propio ritmo.
3.- RECONSTRUIR LA RELACIÓN CON LO QUE SE HA PERDIDO: La muerte transforma las relaciones en lugar de ponerles fin. No es necesario distanciarse de los recuerdos del ser querido, sino abrazarlos y convertir una relación basada en la presencia física en otra sustentada en una conexión más íntima, más espiritual y simbólica.
Otras modalidades de pérdidas relacionales, como el divorcio, requieren que mantengamos un vínculo dentro de la «vida real» con la persona que hemos perdido. Especialmente en el caso de familias con hijos, los cónyuges que han roto su relación deben encontrar maneras pacíficas y cooperativas de seguir cumpliendo con su papel de padres y esforzarse por evitar que esta colaboración sea saboteada por el resentimiento.
4.- REINVENTARNOS A NOSOTROS MISMOS: Si afrontamos de manera directa los desafíos que plantea la pérdida, aceptando con serenidad las cosas que no podemos cambiar y teniendo el valor de cambiar las que sí podemos, damos un paso importante. Hay que tener mucho coraje para enfrentarse a la realidad de que nada, por más que lo deseemos, será igual.
Cuando aceptamos que vamos a tener dos vidas —la de antes y la de después de la pérdida—, y que eso es así e imposible de cambiar, estamos preparados para iniciar algo nuevo, para reinventarnos. A partir de ahí, el caos sigue, pero comienzan a surgir preciosos destellos de esperanza.
Cada vez que dejamos de resistirnos, que abrimos las manos y soltamos lo que nos limita, nace algo nuevo y hermoso en nosotros. Hay que mirarnos con cariño, con la inocencia de cuando éramos niños: es un buen principio. Ser honestos y sinceros con nosotros mismos nos da paz; en cambio, aparentar que somos lo que no somos, además de inútil, resulta agotador.
En medio del asfalto surgen flores y del caos nacen las estrellas. No elegimos perder, pero podemos aprender de ese maestro llamado dolor y dejarnos transformar, buscando en la pérdida las oportunidades que se presentan para el crecimiento personal.









