Jean Paul Acuña
No puedo decir que tuve la mejor infancia. Y no lo digo con rencor, simplemente es la verdad. De las cosas que más me dolieron fue no tener a mi papá cerca… no contar con él para que me enseñara esas cosas que uno, como hijo, necesita aprender de su padre. Mi mamá siempre estuvo ahí, fuerte, firme, dándolo todo. Pero… no es lo mismo. Hay cosas que son muy de hombres, experiencias que solo un papá puede transmitir. Desde lo más sencillo, como aprender a ir al baño, hasta cómo enfrentar la vida como hombre.
Cuando cumplí 18 y lo veía ahí, pero ausente, me prometí algo: “Nunca quiero ser como mi papá”. Y desde ese momento me juré que, si algún día tenía hijos, jamás los dejaría solos. Que iba a estar para ellos, en cada paso, en cada caída, en cada logro. Hoy tengo la dicha de ser papá… y esa promesa se convirtió en mi guía. Aun así, tengo miedo. Miedo a equivocarme. Miedo de que mi hijo, un día, me vea como yo vi al mío… y eso me rompe por dentro.
Hubo años en los que deseaba con todas mis fuerzas tener a mi papá cerca. Quería compartir cosas, vivir momentos, sentir que estaba conmigo. Y esa ausencia fue tan dura… que no se la desearía ni a mi peor enemigo. Por eso me esfuerzo, cada día, en estar presente. En ser un refugio. En que mi hijo no crezca con ese vacío que yo conozco tan bien.
Sé que algún día puede preguntarse por qué su mamá y yo ya no vivimos juntos. Tal vez no entienda del todo por qué decidimos seguir caminos distintos. Y está bien. No siempre hay respuestas fáciles. Pero hay algo que sí quiero que sepa: yo siempre estaré con él.
En mi casa, siempre tendrá un lugar. Un espacio para ver películas, para jugar, para platicar… o simplemente para estar juntos, sin hacer nada. Solo él y yo. Sin prisas. Sin condiciones. Las puertas de mi hogar, y de mi corazón, siempre estarán abiertas.
A veces no puedo ir a verlo tanto como quisiera. El trabajo, el tiempo, la vida… me ganan. Y me siento mal, muy mal. Porque lo último que quiero es que piense que lo olvidé. Quiero que sepa que, si no estuve, fue por obligaciones, no por falta de amor. Porque él es mi vida. Lo que le da sentido a todo.
Claro que me gustaría despertar todos los días y ver su carita apenas abra los ojos. Pero la vida se dio distinta. Y he aprendido a aceptarlo, aunque a veces duela.
Ser papá no significa vivir bajo el mismo techo. Significa estar presente, amar con el alma, ser un ejemplo. Y si algo he aprendido en este camino, es que una buena relación con la mamá de tu hijo es lo mejor que puedes hacer. Porque ella es parte de su historia, y juntos, aunque desde lugares distintos, seguimos formando ese mundo donde él crece, juega, sueña y ama.
Y yo, desde aquí, seguiré cumpliendo mi promesa: estar para él, siempre.









