Casi 40 años después del peor accidente nuclear del mundo, los perros abandonados en la zona de exclusión de Chernóbil se han convertido en aliados inesperados de la ciencia. Lejos de ser solo víctimas de un entorno hostil, estos animales han sobrevivido generación tras generación a la radiación, revelando pistas clave sobre la adaptación genética y la resiliencia biológica.
Desde 2017, investigadores y veterinarios del Clean Futures Fund han documentado, esterilizado y estudiado a más de 300 perros que merodean entre los restos del reactor número 4. Su ADN, que ha evolucionado aislado durante más de 15 generaciones, fue secuenciado por un equipo encabezado por Elaine Ostrander, del Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano, revelando mutaciones genéticas que podrían ser la clave para entender cómo la radiación afecta a los mamíferos, incluidos los humanos.
Divididos en dos grandes poblaciones —una cercana al reactor y otra en la ciudad de Chernóbil—, estos perros muestran estructuras genéticas distintas, asociadas a sus distintos niveles de exposición. Las muestras revelan cruces con razas como pastores alemanes, bóxers y rottweilers, pero también una baja diversidad genética, lo que permite trazar pedigríes completos y estudiar con precisión las mutaciones de novo.
Los investigadores esperan que este laboratorio viviente sirva para identificar los genes relacionados con la resistencia a la radiación, el envejecimiento celular y la reparación del ADN. Más que simples sobrevivientes, estos perros son una oportunidad para entender lo que aún ignoramos sobre los riesgos genéticos de la radiactividad.
Hoy, estos animales siguen merodeando por una tierra marcada por la tragedia, pero su existencia podría abrir caminos para prevenir y tratar enfermedades en el futuro.










