Durante décadas, los gorilas fueron vistos como el ejemplo perfecto del dominio masculino en el reino animal: machos imponentes, con el doble de tamaño que las hembras, liderando grupos sin oposición. Sin embargo, un estudio de más de 30 años con gorilas de montaña salvajes en el Parque Nacional Impenetrable de Bwindi, Uganda, acaba de cambiar esa narrativa.
Investigadores del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva y la Universidad de Turku descubrieron que, aunque el macho alfa sigue ocupando la posición más alta, el 88% de las hembras de los grupos analizados superan en rango al menos a un macho adulto. Esto significa que, incluso con la diferencia física a su favor, no todos los machos tienen control absoluto.
El estudio también revela que las hembras ganan uno de cada cuatro enfrentamientos con machos, dominan a uno de cada cuatro no alfa y tienen acceso prioritario a ciertos recursos alimenticios, incluso frente a machos que no dominan. En la mitad de los casos, logran ese acceso aunque el macho sea de rango más alto.
Este empoderamiento femenino no depende de si el macho es joven o adulto, lo que sugiere que hay otros factores en juego además de la fuerza física, como las alianzas sociales, la experiencia y la inteligencia estratégica.
Otro dato clave: las hembras eligen con quién reproducirse, lo que les da un poder significativo dentro del grupo y les permite influir en la genética de futuras generaciones. Este comportamiento, presente también en otras especies de primates, suele estar relacionado con sociedades donde el rol femenino tiene más peso.
Para los científicos, estos resultados cuestionan la idea de que la dominancia masculina es la norma natural en todos los mamíferos y aportan evidencia de que el patriarcado humano es más una construcción cultural que una herencia biológica inevitable.
Lejos de ser espectadoras pasivas, las gorilas hembras participan activamente en la dinámica social, establecen jerarquías y defienden sus intereses. La imagen del macho como único líder fuerte se matiza al ver que las relaciones de poder son más complejas, con un componente femenino mucho más influyente de lo que se pensaba.
En palabras simples: en la selva, ellas también mandan.










