Lambert tiene 33 años, camina más lento y ha perdido parte de la vista, pero su historia ha conmovido al mundo. Este pingüino africano, una especie en peligro crítico de extinción, inspiró la creación de una isla geriátrica dentro del Acuario de Nueva Inglaterra, en Boston, donde podrá pasar sus últimos años acompañado y con cuidados especiales.
Lo que empezó como una broma entre los cuidadores —“¿Y si les damos una residencia de ancianos?”— terminó convirtiéndose en un proyecto pionero. La idea surgió cuando los especialistas notaron que Lambert y otros pingüinos mayores ya no podían competir con los más jóvenes por territorio o alimento.
El acuario decidió construirles una zona exclusiva: una isla rocosa con rampas alfombradas, terreno plano y un acceso suave al agua. Allí, Lambert vive junto a otros seis pingüinos ancianos, lejos del bullicio de la colonia principal. Según los cuidadores, su comportamiento ha cambiado notablemente: nada más, socializa con su pareja y pasa menos tiempo aislado.
Pero el proyecto va más allá del diseño del espacio. Los pingüinos mayores reciben atención médica adaptada a su edad: suplementos, antiinflamatorios, revisiones frecuentes y hasta gotas para el glaucoma. “Ellos también enfrentan enfermedades como la artritis o la pérdida de visión”, explican los entrenadores, quienes vigilan cada movimiento y cambio de ánimo de las aves con cámaras instaladas en el recinto.
Lambert perdió un ojo por una infección y tiene inflamación crónica, pero su espíritu sigue vivo. A diario, se le puede ver acicalándose junto a su compañero Dyer III o descansando sobre el regazo de su cuidadora mientras recibe sus medicamentos.
El proyecto también pone sobre la mesa un tema poco discutido en el mundo animal: la longevidad en cautiverio. Los pingüinos africanos, que en la naturaleza suelen vivir hasta 20 años, pueden alcanzar los 40 bajo cuidado humano. Esto ha llevado a zoológicos y acuarios a replantear cómo garantizarles una vejez digna y saludable.
“Todos los mayores necesitamos cuidados extra”, dijo una visitante emocionada al conocer la historia de Lambert. Y quizá tenga razón: este pequeño pingüino no solo encontró un refugio, sino que también se convirtió en un recordatorio de empatía y respeto hacia todos los seres que envejecen.










