Aunque parecen diminutos y delicados, los colibríes están ayudando a los científicos a descubrir algo enorme: cómo ha cambiado la contaminación ambiental en el sureste de México durante ocho décadas.
Investigadores de la Universidad Autónoma de Campeche analizaron las plumas de ejemplares de colibríes conservados en colecciones científicas mexicanas y encontraron que estas pequeñas estructuras pueden funcionar como una especie de archivo histórico de la contaminación.
El estudio revisó ejemplares recolectados entre 1932 y 2012, lo que permitió reconstruir la presencia y variación de metales pesados en distintas épocas. Entre las sustancias analizadas estuvieron mercurio, arsénico y plomo.
¿Y cómo es posible? Resulta que las plumas están hechas de queratina, un material capaz de conservar durante décadas la huella química de sustancias que estuvieron presentes en el organismo del ave. Cuando una pluma está creciendo, recibe nutrientes a través de la sangre, pero también puede incorporar sustancias contaminantes.
Para los investigadores, esto convierte a las colecciones de aves que durante años permanecieron resguardadas en universidades y centros científicos en auténticos archivos ambientales.
Entre los ejemplares estudiados se encuentran el colibrí canela, el colibrí vientre canela y el colibrí garganta verde, procedentes de distintas regiones del sureste mexicano, incluyendo Chiapas, Campeche, Yucatán y Quintana Roo.
Uno de los hallazgos más interesantes fue que las concentraciones de plomo disminuyeron con el paso del tiempo, coincidiendo con la eliminación gradual de este metal en la gasolina para automóviles.
Pero también aparecieron aumentos relacionados con acontecimientos ambientales específicos. Algunos picos coincidieron con la erupción del volcán Chichonal, en Chiapas, ocurrida en 1982, que liberó cenizas y otros elementos a la atmósfera.
Y aquí viene otro dato importante: los contaminantes no necesariamente se quedan donde fueron generados. Pueden desplazarse cientos o incluso miles de kilómetros mediante el aire y posteriormente caer con la lluvia, alcanzando incluso áreas naturales protegidas.
La investigación no midió directamente los daños que estos contaminantes provocaron en los colibríes estudiados. Sin embargo, investigaciones previas en otras aves relacionan la exposición prolongada a metales pesados con problemas inmunológicos, reproductivos, neurológicos y respiratorios.
Y la preocupación no es menor. Los colibríes son importantes polinizadores y participan en la reproducción de alrededor de 7 mil especies de plantas, por lo que su conservación también ayuda a mantener el equilibrio de los ecosistemas americanos.
Así que esas pequeñas plumas que alguna vez parecieron simples restos de aves ahora tienen otra historia que contar: la del ambiente que las rodeó durante décadas.










