El tatuaje como legado eterno
Lo que para muchos puede sonar insólito o incluso escalofriante, para otros representa un acto de amor y memoria. En Ohio, Estados Unidos, existe una empresa que transforma la despedida tradicional en un homenaje artístico: Save My Ink Forever, fundada en 2017 por Kyle Sherwood y su padre Michael.
La propuesta es sencilla, aunque sorprendente: preservar la piel tatuada de una persona fallecida y entregarla a la familia enmarcada como una obra de arte. El servicio busca dar al tatuaje el mismo valor emocional y respetuoso que tienen las cenizas en una urna.
Los números hablan del auge de esta práctica. En 2023, el 46% de los millennials y un tercio de los adultos en EE.UU. tenían al menos un tatuaje. La compañía ha respondido a esa demanda preservando miles de piezas en casi todos los estados, además de expandirse a Reino Unido y Canadá.
El proceso debe solicitarse antes del fallecimiento o hasta 72 horas después, y cuesta desde 1,699 dólares por un tatuaje individual hasta 100 mil por encargos completos como mangas o torsos. Eso sí, la empresa establece límites claros: no trabajan con tatuajes faciales, genitales ni los convierten en objetos decorativos.
Aunque genera debate en funerarias y sectores religiosos, Kyle Sherwood defiende la iniciativa como una forma de respeto hacia las familias y los artistas tatuadores. Inspirado en colecciones históricas en museos de Francia, Portugal, Reino Unido y Japón, el fundador sueña con crear una galería propia para exhibir estas piezas de memoria.
En sus propias palabras, los tatuadores son “los van Gogh y Rembrandt modernos”, y su obra merece trascender. Para Sherwood, preservar la piel tatuada no es morbo, es arte con herencia.









