Dr. Arnulfo L´Gámiz Matuk
Nuestra salud no se limita únicamente a los aspectos biológicos, psicológicos y sociales, ni siquiera a la ausencia de enfermedad. Existe, además, un elemento prioritario que es el factor espiritual, que, desgraciadamente, en la actualidad ha sido desdeñado por las administraciones de los servicios de salud a nivel nacional e internacional, e incluso por nosotros mismos, cuando este elemento, en las culturas madre, se planteaba como que los seres humanos somos seres integrados y que la salud debe mantenerse integralmente en nuestro cuerpo, mente y espíritu, ya que están íntimamente relacionados.
Y no nos referimos a la religión que cada quien pueda tener, o incluso no tener, sino a la espiritualidad como la búsqueda de sentido, trascendencia y conexión con uno mismo, con los demás e, incluso, con lo que los creyentes percibimos como sagrado.
En la práctica médica contemporánea, múltiples estudios han demostrado que la espiritualidad puede influir de manera positiva en la capacidad de afrontamiento ante la enfermedad, en la reducción del estrés, en la esperanza frente a la adversidad y en la calidad de vida de los pacientes.
No es recomendable, entonces, enfrascarnos en rechazar creencias subjetivas —respetables, pero de ninguna manera concluyentes—, sino enfocarnos en lo trascendente de la reflexión sobre: ¿quién soy?, ¿hacia dónde voy? y ¿cuál es el propósito de mi existencia?
En ese aspecto se encuentra la fe, que puede orientarnos sobre el sentido de nuestra vida al ser un acto voluntario y libre, una certeza de lo que se espera y una convicción de lo que no se ve, sin ser opuesta a la razón.
En nuestra vida, la fe es un apoyo que nos orienta a encontrar el sentido de nuestra existencia y a guiar las acciones que realizamos cotidianamente. No se trata de entender la fe únicamente como un enfoque religioso, sino como aquello que nos permite explorar y, con ello, encontrar el significado de lo que hacemos, amamos e incluso de lo que sufrimos.
La fe puede encaminarnos a alcanzar una fuerza interior suficientemente fortalecida para enfrentar las vicisitudes que se presentan invariablemente en nuestra vida. Nos permite superar dificultades, resistir la adversidad y mantener viva la esperanza, además de unir a los seres humanos en torno a valores, ideales y creencias compartidas. Y, muy importante, la fe no elimina la incertidumbre, sino que nos enseña a transcurrir la vida con valentía.
El sentido de la vida, más que un destino fijo, es un proceso en construcción; cada uno de nosotros lo va descubriendo en sus relaciones, en sus pasiones y en la manera de afrontar la adversidad.
La fe y el sentido de la vida están íntimamente entrelazados: en la alegría, la fe alimenta la gratitud y el sentido se fortalece en la plenitud de los momentos vividos; y, en el sufrimiento, la fe ayuda a resistir y surge en la capacidad de transformar el dolor en crecimiento. La fe sostiene el sentido y construye la confianza de que cada paso tiene valor.
El ser humano no vive aislado; la relación con los demás, el amor compartido y la solidaridad fortalecen la convicción de que la vida va más allá de la individualidad.
Asimismo, la noción de trascendencia invita a pensar que el sentido de la vida no se agota en lo material o en lo inmediato, sino que se proyecta hacia lo permanente: en la memoria, en las huellas dejadas en otros, es decir, en lo espiritual.
“Vivir con fe y sentido es vivir con la convicción de que nuestra existencia no es un accidente, sino un camino lleno de propósito, donde cada instante de alegría o de dolor contribuye a nuestra plenitud y nos conecta con lo trascendente.”









