A punto de cumplir 100 años, Mina Weil sigue hablando con una claridad que estremece. Su historia volvió a recorrer redes sociales este 27 de enero, en el Día Internacional de Conmemoración del Holocausto, recordando que la memoria sigue siendo urgente.
Nacida en Montefalcone, Italia, en 1926, Mina creció en una Europa marcada por el miedo y la persecución. Desde muy joven entendió que el fascismo no era solo un régimen político, sino una forma de controlar vidas enteras.
Recuerda con precisión el día en que su padre leyó en el diario las leyes raciales del régimen de Benito Mussolini. A los judíos se les daba un plazo de seis meses para abandonar el país. No era una amenaza: era una sentencia.
La Italia fascista exigía obediencia total. Mina describe un país paralizado, donde todos debían escuchar al dictador y donde las mujeres eran educadas solo para el hogar. Incluso los objetos más personales se volvieron símbolos del autoritarismo: durante la guerra contra Etiopía, el régimen obligó a las mujeres a entregar sus anillos de oro para financiar las armas.
Con apenas 12 años, Mina y su familia huyeron. Fueron 18 días en el mar, sin hablar español, hasta llegar a Argentina. El exilio fue confuso, doloroso y definitivo. No todos lograron escapar. Su tía Lea fue devuelta por autoridades británicas y terminó asesinada por los nazis.
En Argentina, Mina reconstruyó su vida, aunque el deseo de llegar a Israel siempre la acompañó. Ese sueño se apagó con la enfermedad y muerte de su esposo, Alfredo. Aun así, eligió no callar.
Escribió cuadernos, recuerdos, fragmentos de una vida atravesada por la historia. De ahí nació El último día, su libro más conocido. Para Mina, escribir fue una forma de resistir y de dejar constancia.
Hoy, su voz es más que un testimonio: es un recordatorio. Detrás de cada cifra del Holocausto hubo nombres, familias y sueños truncados. Y mientras Mina Weil siga contando su historia, el olvido no tendrá la última palabra.









