El béisbol mexicano está de luto. Ángel Macías Barba, el niño prodigio que a los 12 años lanzó el único juego perfecto en la historia de la final de la Serie Mundial de Ligas Pequeñas, falleció este domingo a los 80 años. Su nombre quedó escrito para siempre en las páginas doradas del deporte nacional.
El 23 de agosto de 1957, en Williamsport, Pennsylvania, la Liga Industrial de Monterrey enfrentó a Estados Unidos por el campeonato. Con temple asombroso, Macías retiró a los 18 bateadores que enfrentó, sin permitir hit, base ni error. El marcador final: 4-0 a favor de México. Esa hazaña otorgó al país su primer título en la Serie Mundial de Ligas Pequeñas y cambió la historia del béisbol juvenil.
Su talento era tan extraordinario que podía lanzar como derecho o zurdo, algo que lo hizo aún más especial en aquel mítico partido. La épica de ese equipo no solo fue deportiva: también enfrentaron obstáculos fuera del diamante, al grado de que su historia fue llevada al cine.
Después de aquella gesta, Macías continuó su carrera profesional en equipos de la Liga Mexicana de Béisbol y de la Liga Mexicana del Pacífico, consolidándose como un referente en el diamante. Aunque nunca volvió a repetir una hazaña similar, su nombre siempre estuvo acompañado de respeto y admiración.
La Universidad Veracruzana, autoridades deportivas y aficionados en todo el país han expresado su pesar y reconocimiento a quien con apenas 12 años enseñó al mundo que México podía soñar y lograr lo imposible. Su juego perfecto no solo fue una victoria, sino también un símbolo de esperanza y orgullo para generaciones enteras.
Hoy, el béisbol mexicano despide a Ángel Macías con gratitud. Su legado no se mide solo en estadísticas, sino en la inspiración que dejó a quienes siguen tomando un bat o subiendo al montículo con la ilusión de repetir su hazaña.









