En un país donde uno de cada tres niños vive con sobrepeso u obesidad, la lucha por entornos escolares más saludables acaba de ganar un paso clave. La Secretaría de Educación Pública (SEP) ganó cinco resoluciones judiciales que refuerzan la prohibición de vender comida chatarra y bebidas azucaradas en planteles educativos.
Esta medida, respaldada por los Lineamientos Generales del Sistema Educativo Nacional, busca transformar los hábitos alimenticios desde la infancia, y ya está en vigor desde el 29 de marzo. Aunque fue desafiada por grandes intereses comerciales —incluyendo una universidad privada, una cámara empresarial y una de las principales embotelladoras de refrescos del mundo—, los tribunales fallaron a favor de la SEP.
Los fallos vinieron de cinco juzgados federales, tanto en Ciudad de México como en Baja California, dejando claro que la salud pública tiene prioridad sobre los intereses económicos. Incluso, una universidad desistió de su recurso legal, lo que elimina cualquier obstáculo legal vigente en contra de la medida.
La SEP, en coordinación con la Secretaría de Salud, celebró esta victoria como parte de su estrategia “Vive saludable, vive feliz”, que apunta a formar a la generación más sana y feliz en la historia del país. El objetivo es claro: romper con el ciclo de sobrepeso infantil desde las aulas y extenderlo a los hogares y comunidades.
En esta cruzada participan familias, docentes, directivos y estudiantes, quienes están promoviendo una cultura alimentaria más consciente y equilibrada. No se trata solo de prohibir, sino de educar y transformar.
Además, con el respaldo de la iniciativa Vida Saludable de la Nueva Escuela Mexicana (NEM), se busca acompañar esta transformación con actividades físicas y orientación nutricional. La SEP incluso ha puesto a disposición el sitio vidasaludable.gob.mx, donde es posible consultar qué alimentos están prohibidos en cooperativas escolares, cuáles sí se pueden ofrecer, y encontrar recetas y tips saludables para casa.
Este paso no solo marca un antes y un después en la política educativa, sino que también representa una victoria para las infancias mexicanas. Porque cambiar lo que comemos es también cambiar cómo vivimos.









