Tailandia vive un momento histórico y profundamente emotivo. Tras la muerte de la reina madre Sirikit, el país entero se ha unido en un duelo nacional que durará más de seis meses. Su funeral, considerado el más largo y solemne de las últimas décadas, simboliza no solo el fin de una era, sino también el inmenso amor que su pueblo le profesaba.
A los 93 años, Sirikit, viuda del rey Bhumibol Adulyadej, falleció a causa de una infección sanguínea que agravó su salud. Su partida marca el cierre de una historia que acompañó al reinado más extenso de Asia y dejó una huella imborrable en la identidad tailandesa.
Su cuerpo fue trasladado con honores desde el Hospital Conmemorativo Rey Chulalongkorn hasta el Gran Palacio de Bangkok, donde reposa en el Salón del Trono Dusit Maha Prasat, un espacio sagrado reservado para los monarcas. Miles de personas vestidos de negro siguieron la procesión entre cantos budistas, flores blancas y lágrimas silenciosas.
El protocolo real tailandés dicta que el duelo se extienda durante meses. Los funcionarios guardarán luto por un año, mientras que los ciudadanos lo harán durante 90 días. Durante ese tiempo, se realizarán ceremonias religiosas, actos de homenaje y rituales ancestrales que culminarán con la cremación real, en una fecha que aún no ha sido revelada.
En el salón donde reposa, su urna se encuentra bajo el “nine-tiered white umbrella”, el símbolo más sagrado de la monarquía tailandesa, reservado únicamente para los reyes y reinas. Este emblema representa la soberanía, la pureza y la conexión espiritual entre la monarca y su pueblo.
Durante su vida, Sirikit fue más que una figura real: fue un ícono cultural, una defensora de la educación femenina y una promotora de las artes tradicionales tailandesas. Su elegancia la convirtió en una presencia admirada en todo el mundo, comparada incluso con figuras como Jackie Kennedy.
Su legado trasciende lo político. Fue la primera reina en recorrer aldeas rurales para escuchar a su gente y apoyar proyectos comunitarios. Por eso, su cumpleaños, el 12 de agosto, fue declarado oficialmente Día de la Madre en Tailandia, una muestra del cariño y respeto que inspiró en generaciones enteras.
Ahora, con la capital cubierta de retratos dorados y cintas negras, Tailandia despide a quien fuera considerada “la madre de la nación”. Su partida ha unido al país en una ola de respeto y gratitud que demuestra que su reinado no terminó con su muerte, sino que continuará vivo en la memoria de su pueblo.









