La conversación sobre la apropiación cultural volvió a encenderse cuando Adidas lanzó unos tenis inspirados en los tradicionales huaraches de Oaxaca. Aunque la marca presentó el modelo como un homenaje, para muchos fue un ejemplo de cómo la moda global se aprovecha de elementos culturales sin reconocer ni beneficiar a las comunidades de origen.
La apropiación cultural indebida ocurre cuando símbolos, diseños, técnicas o expresiones propias de una comunidad son usados —generalmente por empresas o personas ajenas— sin su autorización, sin dar crédito y, sobre todo, sin que exista un beneficio directo para quienes han preservado esas tradiciones por generaciones.
En México, el tema es especialmente sensible. Los huaraches oaxaqueños son más que calzado: representan siglos de historia artesanal, técnicas heredadas y un sustento económico para cientos de familias. Al tomar estos elementos y transformarlos en un producto comercial sin participación de los artesanos, se corre el riesgo de vaciar de significado la pieza y reducirla a una simple tendencia.
El debate sobre Adidas no es nuevo. Otras marcas internacionales han enfrentado acusaciones similares por usar bordados, patrones textiles o iconografía indígena. En todos los casos, el conflicto gira en torno a la falta de respeto y la ausencia de acuerdos que reconozcan el trabajo creativo de las comunidades.
El impacto no es solo simbólico. La apropiación indebida también tiene consecuencias económicas. Cuando una empresa con gran alcance vende un producto inspirado en una tradición local sin incluir a los artesanos, compite directamente con ellos en el mercado, muchas veces con precios que las comunidades no pueden igualar. Esto reduce sus ventas y amenaza la continuidad de sus oficios.
Sin embargo, existen alternativas. La colaboración cultural legítima implica trabajar de la mano con las comunidades, pagar de forma justa, reconocer públicamente su autoría y permitirles beneficiarse de la visibilidad que da una marca internacional. Este tipo de alianzas no solo preserva la identidad cultural, sino que la proyecta globalmente de manera ética.
El caso de los huaraches de Oaxaca nos recuerda que consumir con conciencia es parte del cambio. Elegir productos hechos por manos artesanas, preguntar por su origen y valorar el trabajo detrás de cada pieza son acciones que ayudan a proteger el patrimonio cultural.
Porque al final, defender estas tradiciones no es solo proteger un objeto, sino la historia, el conocimiento y la identidad de las comunidades que les dieron vida.









